Los tacones son para la noche. Cuando me los pongo sé que lo que mis pies sufran estará compensado con lo que yo, la mujer que camina sobre ellos, disfrute. Primero, han de cumplir su función cultural, asistiendo a un acto literario. Luego, emprenderán camino hacia una lucecita que nos promete refugio en este bosque urbano, el neoyorquino, tan pobremente iluminado. La luz de neón reza “P. J. Clarke’s”. Llevo dos años sin pisar esta taberna del corazón de Manhattan que ha resistido milagrosamente desde hace siglo y medio el azote de la especulación. Ya no habrá quien la derrumbe. La pequeña casita construida a mediados del diecinueve es ya una rareza histórica rodeada de rascacielos. Mientras camino hacia ella, con el frío mordiéndome las piernas, pienso que si no vamos más a menudo al P. J. Clarke’s es porque sabemos que siempre estará ahí, acogiendo a diario al batallón de ejecutivos del Midtown que, tras quitarse la corbata y metérsela en el bolsillo, superan la ansiedad laboral con una cerveza de grifo, masticando a dos carrillos la que se anuncia pomposamente como “la mejor hamburguesa de la ciudad” y completando este cóctel revitalizante con una copa en uno de esos vasos cortos que parecen estar hechos para que los personajes de las películas puedan beberse un whisky de un solo trago.

Los tacones son para la noche. Cuando me los pongo sé que lo que mis pies sufran estará compensado con lo que yo, la mujer que camina sobre ellos, disfrute. Primero, han de cumplir su función cultural, asistiendo a un acto literario. Luego, emprenderán camino hacia una lucecita que nos promete refugio en este bosque urbano, el neoyorquino, tan pobremente iluminado. La luz de neón reza “P. J. Clarke’s”. Llevo dos años sin pisar esta taberna del corazón de Manhattan que ha resistido milagrosamente desde hace siglo y medio el azote de la especulación. Ya no habrá quien la derrumbe. La pequeña casita construida a mediados del diecinueve es ya una rareza histórica rodeada de rascacielos. Mientras camino hacia ella, con el frío mordiéndome las piernas, pienso que si no vamos más a menudo al P. J. Clarke’s es porque sabemos que siempre estará ahí, acogiendo a diario al batallón de ejecutivos del Midtown que, tras quitarse la corbata y metérsela en el bolsillo, superan la ansiedad laboral con una cerveza de grifo, masticando a dos carrillos la que se anuncia pomposamente como “la mejor hamburguesa de la ciudad” y completando este cóctel revitalizante con una copa en uno de esos vasos cortos que parecen estar hechos para que los personajes de las películas puedan beberse un whisky de un solo trago.